Publicado: 10 de Noviembre de 2017

Un día como hoy, 10 de noviembre de 1871, el explorador Henry Stanley encontró al doctor Livingstone en Ujiji, una remota aldea a orillas del lago Tanganika, en el corazón de África, en lo que hoy es Tanzania. En ese encuentro Stanley pronunció su famosa frase: «Doctor Livingstone, supongo».

David Livingstone es considerado una de las mayores figuras de la historia de la exploración.  A pesar de haberse criado en la pobreza, se abrió paso en los estudios y llegó a ser médico y misionero. A través de la Sociedad Misionera de Londres viajó a África, donde pasó treinta años y se convirtió en un afamado explorador y misionero, distinguiéndose también por su lucha contra la esclavitud.

El doctor Livingstone estuvo tres veces en este continente. La primera vez, en 1840, fue enviado de misión al sur de África, donde pasó varios años en las bases de la sociedad misionera en Kuruman, Mabotsa y Koloben. Quedó tan fascinado por el continente, que fue dejando de lado su propósito original de evangelizar y civilizar a los nativos y junto con William Oswell, un británico acaudalado, partió en 1948 en su primera gran expedición. Fueron los primeros europeos en atravesar el desierto del Kalahari.

En el viaje se encontraba siempre con nativos que nunca antes habían visto un hombre blanco y aunque no todos le dispensaron un trato pacífico, consiguió la amistad del jefe de la tribu de los Makolo, quien le llevó de viaje por el norte. En 1851 se topó con una fuerte corriente, el Zambeze, cuyo recorrido no había transitado jamás un europeo.

Livingstone siguió el Zambeze con los Makolo hasta su desembocadura en el océano Índico y descubrió un salto de agua gigante que bautizó en honor de su reina: las cataratas Victoria. De ellas dijo después que constituían “la vista más maravillosa que había presenciado en África”.

Livingstone abandonó la Sociedad Misionera y, con el apoyo del gobierno de Londres, emprendió una segunda gran expedición. Su objetivo era encontrar nuevas rutas comerciales, así como materias primas.

Entre 1858 y 1863 exploró profundamente la zona comprendida entre el lago Nyassa y el Zambeze, pero descubrió que desde los rápidos de Kabrabasa, el río se hacía absolutamente innavegable,  la expedición al Zambeze fue considerada un fracaso, lo que provocó que Livingstone tuviera grandes dificultades para conseguir más fondos para continuar con la exploración de África.

En 1865 fue designado por la Royal Geographical Society para buscar el nacimiento del Nilo, su gran sueño como explorador. Esta tercera expedición,  se inició en marzo de 1866 en la isla de Zanzíbar para adentrarse a continuación en el continente africano, surgieron problemas entre sus hombres. Algunos desertaron y regresaron a la isla de Zanzíbar, donde esparcieron el rumor de que Livingstone había muerto. Pero él siguió adelante. Estableció su base de operaciones en Ujiji, a orillas de la costa oriental del lago Tanganica, un centro de comercio de esclavos. Sus informes sobre el horror que vio allí contribuyeron a que Europa se formara una nueva imagen de lo que realmente estaba sucediendo.

Tras tres años sin tener noticias del Doctor Livingstone, en octubre de 1869, el director del periódico New York Herald mandó a Henry Morton Stanley para que encontrara a Livingstone vivo o muerto, el comienzo de esta aventura se produce en pleno centro de Madrid, en una pensión de la calle de la Cruz, cuando el reportero recibió un telegrama del director del New York Herald, James Gordon Bennet, quien requería su presencia en París para un «asunto importante».

Stanley comenzó su andadura, sumamente peligrosa, por tierras sin cartografiar, él y sus hombres fueron azotados por el paludismo y otras enfermedades. Las fuertes lluvias inundaban los ríos, que estaban infestados de cocodrilos. Él mismo se escapó por poco de caer en las mandíbulas de uno y solo las noticias de que un anciano de raza blanca vivía en Ujiji le servían de aliento. Al fin se produce el encuentro, que Stanley describe así.

“Por fin, la expedición hace un alto en el camino. Hay un grupo de respetables personajes árabes, y al acercarme, distingo entre ellos el rostro de un anciano blanco. Nos quitamos el sombrero, y le digo: ‘El doctor Livingstone, supongo’, a lo que responde: ‘Así es’”.

Posteriormente Stanley relató su hazaña en el libro Como encontré a Livingstone.

Al amable recibimiento dispensado por el explorador le siguieron cuatro meses de convivencia, hasta el regreso de un triunfal Stanley a Europa, mientras que Livingstone permanecería en África, decidido a quedarse y descubrir las fuentes del Nilo, que nunca encontraría. El 1 de mayo de 1873 fue hallado muerto, su cadáver fue conservado en sal y tardó varios meses en llegar a Inglaterra. Fue enterrado en la Abadía de Westminster, pero los africanos enterraron su corazón bajo un árbol porque decían que su corazón estaba en África.

En el lugar, que se supone que aconteció el encuentro, a la sombra de un mango, queda un monumento conmemorativo al legendario explorador, considerado en el imperio británico como un héroe nacional. Todavía hoy en día sus libros, que se agotaban antes de que llegaran a la imprenta, están considerados importantes documentos de consulta.

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