Publicado: 16 de Noviembre de 2017

En 2006 saltó la alarma, colonias enteras de abejas de la miel se desvanecen sin dejar rastro. Sin ellas, muchos de nuestros alimentos desaparecerían, y con ellos, nuestra forma de vida. Los expertos estudian cuáles son las causas que ponen su existencia en peligro.

Dave Hackenberg, apicultor desde 1962. Su negocio consiste en transportar sus colmenas a lo largo y ancho de Estados Unidos a bordo de grandes camiones. En otoño de 2006, Hackenberg se desplazó a Florida, donde tiene su casa de invierno, para que sus abejas se ocuparan de fertilizar los amplios cultivos de calabazas. Sus colonias eran un hervidero cuando las dejó, pero al regresar allí un mes después se encontró con la mayor sorpresa de su vida. Más de la mitad de sus 3.000 colmenas aparecían desiertas, con tan solo la abeja reina y unas cuantas obreras guardianas. Los alrededores tampoco mostraban cadáveres de abejas. Los insectos se habían desvanecido.  

Hackenberg comunicó el suceso a sus colegas, lo que le costó no pocas críticas. Enseguida lo tacharon de apicultor descuidado. Pero poco después, los casos de desapariciones misteriosas de abejas se propagaron entre otros muchos colegas. El abandono de una colmena resulta un comportamiento inconcebible para unos insectos que tienen un fuerte sentido colectivo. Los apicultores, aterrados, no encontraron restos de insectos, ni señales o pistas que pudieran explicar la tragedia. Las abejas se habían desvanecido inexplicablemente.

En la primavera de 2007, los investigadores descubrieron que una cuarta parte de los apicultores estadounidenses habían sufrido pérdidas catastróficas. Pero el desastre se propagó a otros países: Brasil, Canadá, Australia, y también en Europa, en Francia y España.

En España, las noticias anteriores al hallazgo de Hackenberg son incluso peores. “Antes de 1994 había una desaparición anual de entre el 5% y el 7 %  “A partir de esta fecha estamos entre el 35% y 40%. Cabe destacar que en algunas regiones las pérdidas de colmenas llegan hasta el 90%. En España, la situación roza el drama. Han desaparecido miles y miles de colonias en los últimos  años. Las pérdidas económicas se contabilizan por cientos de  millones de euros, pero el valor polinizador “se eleva a más de mil millones de euros”.

Existen alrededor de 20.000 especies de abejas, pero las abejas de la miel (Apis mellifera) son extraordinarias ya que polinizan una amplia variedad de flores. Cada individuo es un prodigio de la ingeniería biológica: está equipado con sensores de temperatura, de dióxido de carbono y de oxígeno, y su cuerpo está diseñado para cargarse de electricidad estática. Cuando las abejas recolectan el alimento en las flores, los granos de polen que quedan adheridos a ellas permiten que el polen de una flor viaje hasta otra, la cual se fertiliza. El resultado es una semilla y un fruto. La magnitud del fenómeno resulta increíble cuando examinamos la labor colectiva. En una  colmena puede haber entre 60.000 y 80.000 abejas, de las que 40.000 salen en busca de alimento. Cada obrera realiza hasta 30 salidas diarias, y en cada viaje puede llegar a polinizar un total de 50 flores. En una sola jornada de trabajo, una colmena puede lograr la fertilización de millones de flores. Los cálculos sugieren que una sola colmena es capaz de encargarse de fertilizar las flores en una zona de 700 hectáreas, es decir, la superficie equivalente a unos 350 campos de fútbol.

La importancia económica de las abejas de la miel es colosal. En la Red circula una citación atribuida a Einstein que sugiere que si las abejas desaparecieran hoy de la Tierra, el hombre solo podría sobrevivir cuatro años. Sea o no cierta esta cita, hay una parte de verdad en ella que evoca un futuro apocalíptico. Las abejas de la miel intervienen en uno de cada tres bocados que nos llevamos a la boca. Los cultivos básicos como el arroz, el trigo o la cebada son polinizados por el viento. Pero en un mundo sin abejas, una gran parte de las frutas y verduras comunes de los supermercados desaparecerían de las estanterías. Sus precios resultarían tan astronómicos que un kilo de manzanas podría costar casi como el caviar.

Y si no, echen un vistazo a la siguiente lista. En España, la polinización de las abejas permite que tengamos almendras, melocotones, cerezas, ciruelas, manzanas y peras; también hacen posible la alfalfa y el trébol; frutas como melones, pepinos, calabazas, calabacines y berenjenas, las fresas, frambuesas, las zarzamoras y el tomate. A las abejas le debemos los espárragos, el aceite de colza o de girasol y   fibras textiles como el lino o el algodón. La vid depende parcialmente de la labor de las abejas –y con ella, la producción de vino y mosto.

Después  de  las  primeras desapariciones de abejas en las colmenas, los investigadores empezaron a indagar, como si fueran forenses científicos, en busca de cadáveres que examinar; han realizado autopsias en las abejas en busca de parásitos, virus y rastros de insecticidas; han examinado la capacidad reproductora de las abejas reina, y han realizado un sinfín de estudios de toxicidad buscando restos de pesticidas en los granos de polen.

La conclusión de dichas investigaciones fue que no existía un único culpable, los plaguicidas e insecticidas, que mantienen a raya a los insectos devoradores de nuestros cultivos ejercen un efecto devastador en las abejas. En concreto, un tipo de pesticidas sintéticos –llamados neonicotinoides– atacan los centros del sistema nervioso de los insectos. Cuando las abejas obreras salen para recoger el néctar, entran en contacto con estas sustancias, que alteran su sistema nervioso. Los animales, desorientados, no encuentran el camino de vuelta hacia la colmena –situado a kilómetros de distancia– y mueren lejos. Esto podría explicar el hecho de que los investigadores suelen encontrar las colmenas con los panales casi vacíos sin abejas posadas en los panales.

Si la legión de obreras que parten para recolectar polen no regresa, la colmena no dispone de suficientes individuos y está condenada irremisiblemente a morir.

También los pesticidas producen un efecto nocivo ya que debilitan a las abejas y las hace más susceptibles al contagio de patógenos y virus. Un tipo de ácaro, la Varroa, “es capaz de destrozar una colonia entera”. Otro parásito unicelular llamado Nosema, también se aprovecha de su debilidad, produciendo esporas que las infectan y enferman, cambiando su comportamiento. Las abejas jóvenes que cuidan de las crías de la colmena y que resultan afectadas por el parásito dejan su labor como nodrizas y se convierten en guardianas de la colmena, o en abejas obreras que salen para alimentarse. Al cambiar el ciclo, las crías se quedan desguarnecidas y mueren. La comunidad empieza a derrumbarse desde dentro.

La mejora de las condiciones de las abejas, tanto en lo que concierne a su transporte, como en materia sanitaria, y nutricional, el problema de los monocultivos que generan una insuficiente alimentación y por lo tanto debilitan a los individuos, es un reto al que se enfrentan los apicultores en todo el mundo.

Las abejas nos están mandando un mensaje que recuerda nuestra estupidez. “Sabemos que estos insectos son indispensables para la subsistencia del género humano, pero durante décadas nos hemos dedicado a rociar los campos con plaguicidas. Las abejas nos recuerdan que siempre llegamos tarde”.

Fuente:

El País Semanal.