Un día como hoy, 2 de agosto de 1996, las chicas de oro conseguían la primera medalla de oro para la gimnasia rítmica española, en unos juegos olímpicos, y la primera medalla en la modalidad de conjuntos, ya que fueron los primeros juegos en los que se aceptó esta disciplina.

Las Chicas de Oro, es el seudónimo por el que se conoce al conjunto español de gimnasia rítmica que fue campeón olímpico en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, este equipo estaba formado por Marta Baldó, Nuria Cabanillas, Estela Giménez, Lorena Guréndez, Tania Lamarca y Estíbaliz Martínez, además de a la gimnasta suplente, Maider Esparza, no convocada en Atlanta pero sí a las competiciones precedentes.

Estas adolescentes vivieron una experiencia inolvidable, ya desde el avión que las llevaba a Atlanta y posteriormente en la ceremonia de inauguración, no se podían creer que ellas estuvieran allí.

En los días previos a la competición entrenaban siete horas diarias y el equipo fallaba mucho, además de los desajustes técnicos el aire acondicionado de la pista que afectaba al vuelo de las cintas y la medida de los palos, agudizaba estos problemas. Las gimnastas rivales pensaron que España no estaba en un momento óptimo de forma.

El trabajo psicológico de Amador Cernuda fue fundamental. Cuatro días antes de la competición, el conjunto volvió a funcionar como el cuerpo técnico esperaba.

El día 2 tiene lugar la gran final, llevan sus bolsas repletas de amuletos de la suerte, pines, muñecos, camisetas usadas … Las gimnastas están muy nerviosas pero Amador les dice que saluden al público, que están capacitadas para hacerlo, que estaban preciosas... Respiran hondo y salen al tapiz. 

Terminan el ejercicio de aros y se colocan en cabeza. Se retiran al vestuario a cambiarse. Marta ve muy probable el podio, y muy cerca el oro. Esa proximidad le hace ponerse a llorar. 

En el último montaje de pelotas y cintas, En el pabellón, hay pocos españoles pero desde España, se siguen sus evoluciones con el corazón en un puño. La ejecución es muy buena y conforme corren los segundos se sienten más seguras, llega el momento clave. Estela debe lanzar la pelota a Estíbaliz y esta  tiene que cogerla sentada en el suelo; pero la pelota se va veinte centímetros más lejos de lo normal, por un instante Estíbaliz piensa que se quedan sin medalla; “no sé cómo lo hice, pero me estiré más larga de lo que soy y conseguí atraparla; nunca estuve más rápida en mi vida”. Para el gran público, es una recepción estupenda. Pero realmente Estíbaliz tenía que recibir la pelota en su regazo, y la atrapó en el aire como un portero de fútbol.

Después de la puntuación España es, en ese momento, medalla de oro. El desenlace final de la competición ya no depende de ellas. El equipo se marcha a vestuarios. Las entrenadoras piden prudencia y paciencia, pero no es posible con adolescentes que rompen a llorar. Minutos después, Almudena Cid, componente del equipo, entra llorando y anuncia que las rusas han fallado y que son medalla de oro.

Una hora después reciben las medallas entre risas y lloros y celebran el oro comiendo helados de todos los sabores, hoy pueden saltarse la dieta.

De Vuelta a España la locura, los medios de comunicación las bautizan como las niñas de oro y son agasajadas por todos, después lo de siempre, tienen que pelear para que la Federación les abone el premio que tenían estipulado, al final tiene que transcurrir cuatro años hasta que se les pague, y queda esa sensación que, aunque ha merecido la pena todo el sacrificio, el haberlo dado todo y al final conseguirlo, no está lo suficientemente reconocido. Tania Lamarca en su libro Lágrimas por una medalla quiso mostrar el desequilibrio que hay entre el esfuerzo y sacrificio al que se entregó durante tantos años y la recompensa que recibió a cambio.

Estas adolescentes entre 15 y 17 años aparcaron sus vidas y con sus entrenadoras Emilia Boneva y María Fernández Ostolaza se dedicaron al objetivo de conseguir una medalla en los juegos olímpicos, entrenaban de lunes a sábado primero 4 horas y después hasta 8 horas diarias en el año previo a los Juegos Olímpicos, sólo salían un rato el domingo por la tarde para hacer acopio de chocolatinas y chucherías que luego trataban de esconder de las “redadas” de sus entrenadoras que controlaban su alimentación.

Las Niñas de Oro, no solo consiguieron el oro olímpico sino que tienen un extenso palmarés con medallas en Mundiales, Europeos y otras competiciones internacionales, además de poseer diversos reconocimientos, como la Orden Olímpica del Comité Olímpico Español (1996), la Placa de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo (1996), la Copa Barón de Güell en los Premios Nacionales del Deporte (1997), y la Medalla de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo (2015), máxima distinción del deporte español.

Fue un momento inolvidable, en el que las seis chicas subieron al pódium con sus medallas en el pecho, brillando como pequeños soles. Estas niñas y Emilia Boneva, su entrenadora, escribieron una de las más hermosas historias del deporte de nuestro país.

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