Un día como hoy, 5 diciembre de 1933, es abolida en Estados Unidos la ley Volsted, conocida popularmente como ley seca, que prohibía la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas, aunque no el consumo, en todo el territorio de Estados Unidos.

Estuvo vigente casi 13 años, desde 1920, sin conseguir con éxito eliminar el consumo de alcohol, si bien es cierto que este disminuyo a la mitad,  por otro lado tuvo múltiples efectos secundarios negativos. Se siguió produciendo alcohol de forma clandestina, con el riesgo que esto suponía para la salud, 30.000 personas murieron intoxicadas por ingerir alcohol metílico y otras 100.000 sufrieron lesiones como ceguera o parálisis. También se importaba alcohol clandestinamente de países limítrofes, sin reportar ningún ingreso fiscal y provocó un auge considerable del crimen organizado.

Todo comenzó a principios del siglo XIX con lo que se denomino Movimiento por la Templanza  promovido por diversos líderes religiosos de iglesias protestantes que habían insistido públicamente en regular el libre consumo de alcohol, al cual culpaban de diversos males sociales.

Tras un incidente en el que un inmigrante italiano en estado de embriaguez golpeó brutalmente a su mujer embarazada, porque no quiso tener sexo con él, muchas otras mujeres comenzaron a contar a la opinión pública que sus maridos llegaban borrachos el fin de semana o simplemente dilapidaban el sueldo en comprar licor. El consumo de alcohol se había convertido en un problema social, que afectaba a las familias. A este problema se unió los altos índices de absentismo laboral como consecuencia del consumo de alcohol.

Para paliar esta nueva realidad social se necesitaba crear una nueva moral que se apoyó en los prejuicios nacionalistas. Con discursos racistas y religiosos se puso en marcha los trámites reglamentarios para modificar la Constitución y crear la nueva ley.

La ley seca no prohibía ciertamente el consumo de alcohol, pero lo hacía muy difícil para las masas, mientras que los grandes empresarios, sin riesgo alguno para su salud, consumía en sus mansiones y clubs privados.

Sin embargo la demanda de bebidas alcohólicas continuó y estimuló la fabricación y venta de licores ilegal, convirtiéndose en una importante industria clandestina. El alcohol adquirió precios elevados en el mercado negro, atrayendo a importantes bandas de delincuentes.

Durante la época que perduró la Ley Seca, proliferaron bandas de gánsters que luchaban violentamente entre sí a lo largo del territorio estadounidense para controlar el muy lucrativo tráfico de alcohol.

Las primeras familias de la mafia en beneficiarse de la ley Seca fueron judías, personajes como Dutch Schultz, Legs Diamond, Arnold Rothstein y Meyer Lansky fueron los más destacados, después se sumaron los irlandeses, curiosamente el padre de una de las familias más conocidas de los EEUU, los Kennedy, fue traficante de licor en su juventud, y posteriormente entraron las familias italianas que se quedaron con una importante parte del negocio, con figuras icónicas como la de Alfonso Capone y Lucky Luciano.

En1925 había 100.000 bares secretos, llamados “speakeasy”, en las principales urbes, 10.000 de ellos en Nueva York, escondidos en los sótanos de otros establecimientos, este lucrativo negocio desencadenó un clima de corrupción que involucraba a numerosísimos funcionarios y policías encargados de hacer cumplir la ley seca. En 1931, un 8 por ciento de los policías de Nueva York habían sido despedidos por esta causa.

Finalmente la opinión pública dio un giro, y la gente decidió que había sido peor el remedio que la enfermedad. El consumo de alcohol no sólo subsistió, sino que ahora continuaba de forma clandestina y bajo el control de feroces mafias. Antes de la prohibición había 4000 reclusos en todas las prisiones federales, pero en 1932 había 26 859 presidiarios.

Todo esto sumado al crack del 29 que hizo que el Gobierno norteamericano buscara nuevas fuentes de ingresos y una de ellas era la vuelta a la venta, producción y exportación de bebidas alcohólicas, con lo que se conseguiría ingresos a través de impuestos y se generarían nuevos puestos de trabajo, constituyeron las razones básicas para abolir dicha ley.

Toda esta época ha servido de fuente de inspiración a grandes directores de Hollywood que abordaron el tema de la violencia descarnada de estos personajes, con películas como El enemigo público (1931), Scarface (1932), Los violentos años veinte (1939),  El padrino (1972) o Los intocables de Eliot Ness y encumbró a actores como Edward G. Robinson, James Cagney o Paul Muni que se convirtieron en iconos del nuevo género.

SSP Estética Centro de Estética de las Tablas.